El caso que involucra a agentes de la CIA en operativos en Chihuahua no solo abrió una crisis de seguridad: terminó por exhibir el desgaste, la improvisación y las contradicciones de un gobierno que hoy intenta contener el daño político a cualquier costo.
Las versiones oficiales se derrumbaron una tras otra. Primero se habló de “instructores”, después se reconoció su presencia en el convoy y, finalmente, el caso escaló hasta provocar la renuncia del fiscal estatal, quien asumió irregularidades en la gestión del tema.
Pero el golpe político no terminó ahí.
El resultado es claro: un gobierno rebasado, versiones contradictorias y una crisis que terminó por desbordar al PAN en Chihuahua.
Más allá del operativo, el manejo político del caso ha dejado una lectura inevitable: Maru Campos decidió contener el golpe en lo individual, aunque eso implique arrastrar al PAN en el proceso.
Este episodio no ocurre en el vacío. Se suma a una cadena de errores, crisis mal atendidas y una desconexión evidente con la ciudadanía que hoy tiene al prianismo en su punto más bajo.
La percepción pública es cada vez más contundente: el modelo ya no funciona. Y cuando los gobiernos cruzan líneas como la soberanía, la factura política llega más rápido.








